La tela llegó a mis manos de forma misteriosa. Flotaba, entre las manos del ángel, primero transparente, como una gasa, grande como una sábana. Me envolví en ella y fui esa chica.
Tan feliz con su vestido nuevo, de tafetán amarillo oro. Tan feliz porque lo había hecho con sus manos y, estaba segura, iba a deslumbrar esa noche. Orgullo de sí misma, de lo que sus manos habían podido hacer.
