El brillo del salar,
desgarra la piel,
parte los labios y
ciega los ojos.
De los salitreros,
pocos hablan.
Sus vidas se tiñen
de la sal, resecas,
ásperas como ella.
Con ojos entrecerrados,
Bajo las pestañas blancas,
el salitrero arrastra
sus pies, sin fin.
Está solo y el viento
es la tierra quemada
que ha llorado
el salar grande
© Gaiane Turian
Buenos Aires, abril 2008

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