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Relatos y poemas

El camino de Campoy

por Gaiane Turian

Miércoles 17 de junio de 2009, por Gaiane Turian

Un paseo después por la plaza
para dar la vuelta al perro, a ver que pasa
una que otra mirada va, mirada viene
mirada va

Por eso yo te pido que vayas a misa
todos los domingos, todos los domingos
Pedile a San Antonio que te mande un novio
todos los domingos, todos los domingos

[...]

Una que otra mirada va, mirada viene mirada va
Una que otra mirada va, mirada viene mirada va
(1)

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Mirada va, mirada viene. Del monaguillo a la niña Leonor. De la niña al monaguillo Miguel. Sí, como el Arcángel e igual de armado que él. Con armadura para resistir a los demonios, pero se le olvida cuando ve a Leonor, con su mantilla negra que mal oculta un escote acaso impropio para misa de ocho. Y ella juega a cerrar y desplegar el abanico Guía la mirada de Miguel hacia la piel dorada debajo de la mantilla.

El cura, impaciente, hace un gesto a Miguel. Toca encender las velas de adviento. Y con cada vela se agrega un poco más de fuego al aire viciado y cálido de la capilla.

Leonor Campoy, así se llama la tentación. De los Campoy que tienen las cabras una legua más arriba, por el camino a Bolivia. A Miguel le cuesta imaginar a leonor con la pollera de mil colores, viéndola ahora con ese discreto vestido negro.

La mirada de Leonor recorre la batista blanca de monaguillo que reviste a Miguel de santidad. Parpadea con picardía, sabe que él la mira. Sabe cómo atrapar su mirar con el aleteo de la seda gastada de su abanico. Huele el incienso que, en el Cantar de los Cantares, perfuma los cuerpos ardorosos y sedientos.

Piensa en las páginas tan sobadas de ese libro de la Biblia: si no lo dan en catecismo es porque es interesante. ¡Ah, si Miguel supiera que va a misa de ocho por él! Que se pone las galas españolas sólo para apresar esos ojos de cielo y perderse en imaginar la sedosidad de esos cabellos color del trigo

Mira hacia una de las pinturas y ve al Arcángel Miguel con su espada flamígera. Piensa en otro Miguel y en otras llamas. Una mano le toca el hombro: el cura va decir su sermón. ¿Cómo disimular el aburrimiento que siente al mirar al púlpito?

Miguel sostiene el cáliz mientras el cura invoca al Espíritu Santo. No mira la estola blanca con la cruz bordada en dorado. Sus ojos van más allá, hacia la vista incomparable de Leonor, sentada en el primer banco con el rosario enredado entre sus manos.

Ella imagina que, en vez del rosario, sus dedos se enredan en los cabellos color trigo de Miguel. Lo imagina a sus pies, reclinado sobre sus rodillas....

  • #FFF8DC;">... y con Su Espíritu

La voz del cura deshace la ensoñación de Leonor. Ella disimula una mueca de fastidio: como siempre, serán los dedos gordos y fofos del cura los que le den la hostia. Se consuela viendo que Miguel está unos pasos más atrás, con la copa del vino santo entre sus manos.

Leonor se detiene ante Miguel y sus miradas se cruzan por un instante. Mientras él acerca la copa a los labios de Leonor, murmura:

  • #FFD700;">Atrás de la plaza, después de misa. En el nombre de Cristo. -dice, mirando las manos que alzan la mantilla y los labios carnosos y rojos que sorben el vino con delicadeza, demorandose unos momentos.

Luego, al retirarse, Leonor baja los ojos, más no por modestia sino para no mostrar en ellos la avidez que ha dejado entrever a Miguel.

Más tarde, detrás de la iglesia, frente a la plaza, como todos los domingos, ella espera. Ya sabe lo que ocurrirà: él la mirará, le regalará esas flores robadas de la sacristía, se pondrá todo colorado y huirá luego de musitar un par de balbuceos.

Una vez el cura le da la dispensa, Miguel saca del hueco que hay debajo del altar y cubierto por un mantel, un pequeño canasto lleno de cerezas recién traídas al pueblo. Lo tapa bien y va a encontrarse con Leonor. La contempla, hermosa, con el rostro enmarcado por la mantilla que ya no lo oculta.

Con dedos trémulos, saca del canasto una cereza y la ofrece a Leonor. La muchacha toma la cereza que Miguel le ofrece, con sus finos dedos y lentamente la posa en sus labios, en un beso lento, cargado de promesas. Ella saborea la suave piel de la cereza, la muerde, para sentir el sabor ácido de la fruta. Repitie el mismo gesto con las siguientes cerezas...

Miguel la admira, imaginando a esos labios recorriendo su propia piel... Entonces, junta valor para decirle, con tono solemne, mientras le da una última cereza:

Leonor Campoy
Ya no quiero callar
no quiero callar
este mi amor por ti.
Mi flor de pitimini,
que la calle perfumas
sube a mi caballo
y juntos cabalgaremos
hasta el amanecer.
Ya no serás Campoy
porque mi esposa
habrás de ser.

Entonces ella se ríe. A carcajada limpia.

(c) Gaiane Turian
Buenos Aires, 6 de Junio 2009


(1) Todos los domingos - Cumbia tradicional de Colombia, interpretada en Argentina por los Wawancó y también por Sergio Denis

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