Como todos los sábados, tocaba ir al supermercado. A aprovisionarme otra vez. Empujé el carrito entre las góndolas, en el recorrido habitual: lácteos, galletitas, pan, carne, verduras, café... Ha salido una nueva marca de miel de caña. Agregué el frasco al carrito. Terminé de comprar: papel higiénico, jabón en polvo, algodón...
Cansada, llegué a casa. Hambrienta. Guardé todo: unas cosas a la heladera, otras a la alacena. Miré el frasco de la nueva marca de miel de caña. Eso me dió una idea. Me decidí a untar unas tostadas con manteca. Luego les eché miel por encima: viscosa, ambarina, perfumada.
Las paredes de la cocina empezaron a ondular a mi alrededor. Tenían ese mismo brillo ámbar de la miel de caña. Me restregué los ojos.Estoy demasiado cansada, pensé. Mis manos. ¡No! ¿Qué les pasa?
No son mis manos. Son demasiado grandes, con la palma rosada. Miro mi brazo, su piel es negra!. Las venas se ven nudosas, torturadas sobre los músculos marcados. Miro mi pecho: ¿Dónde estan mis senos? ¡Han desaparecido! Acaricio un torso plano, liso, de pectorales musculados. Recorro mis caderas con las manos: son más estrechas y algo cuelga, incómodamente, entre mis piernas. Y las cubren unos pantalones ajados de tela rústica, sujetos a la cintura por una cuerda.
El rugido del mar peina el cañaveral. El sol cae, impiadoso, sobre mi piel. Funde el sudor sobre mi espalda lacerada. Mis brazos se tensan, mi mano derecha sostiene un machete y corta caña. La mano izquierda empuja las cañas cortadas, unas encimas de otras. Oigo el gemido de los tallos segados y las hojas susurran al segar una caña tras otra. Repito los movimientos, mecánicamente. Demasiado bien aprendidos. Por encima de esos pequeños sonidos, oigo la mar.
Ruge la mar embravecida, detrás del cañaveral. No puedo verla pero sé que esta allí. Sí, ese mar, ese mar que oculta la tierra de donde he venido. De donde me han arrancado con violencia, para traerme aquí, a cortar caña de azúcar. Que luego será molida en un trapiche, que empujarán más hombres y mujeres sudorosos. Todos caeremos uno tras otro, vencidos de sol a sol, mientras el amo recuenta el oro que obtiene con la caña que cortamos. Importa más cada caña que diez de nuestras vidas.
Hoy el cielo está extraordinariamente azul, sosteniendo el sol que todavía más nos quema. Pero, por oriente se alzan las nubes en una cortina oscura, tenebrosa. Y allí, sobre el cañaveral, se oye el rugir más intenso de la mar. Y la espuma blanca se levanta por sobre el cañaveral, buscando las nubes. El suelo tiembla debajo de mis pies y las nubes se precipitan hacia la mar en un torbellino.
¡Es Shangó!! ¡Sí! ¡Es Shangó y suenen los atabales, trayendo sus truenos y su lluvia!. ¡Shangó que me llevará hasta la libertad! Abro los brazos esperándole. La espuma se alza y se desploma sobre el cañaveral. Ruge la mar crecida, guiada por Shangó. Llega esa ola, enorme como diez hombres uno encima del otro...
Penetra por mis ojos, nariz, oídos, llena mi garganta, mis pulmones.
Abrí los ojos. A mi alrededor, vi los familiares azulejos amarillos. Mis pies descansaban sobre las baldosas blancas y negras. Entre ellos, yacía el frasco roto. La miel de caña formaba un pequeño lago ámbar. Mis sobacos y mi espalda sudaban, también mis cabellos se apelmazaban. Me quedé mirando el frasco. Ya no tenía hambre.
Buenos Aires,
9 de Julio 2009
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